“La
muerte es sólo la suerte
con
una letra cambiada”
Joaquín
Sabina
Embustera
Alcanzó
a esbozar la última sonrisa. Una tibia
viscosidad se escurría bajo la mejilla, mezclando su olor a almizcle con el de
la tierra mojada. Dejó de sentir frío. Era el final de un día feliz!
Siempre ignorado, tuvo sin embargo su momento de fama. Fue tras superar
las fiebres que casi lo matan ¡Puede
vaticinar el futuro! ¡Nunca falla, dice que lo sueña en la noche! Pero eran pesadillas; sólo predecía desgracias
y nunca volvió a tener sueños agradables; bueno, nunca hasta anoche. Tras la
anunciada muerte de sus compañeros en aquel accidente, lo aislaron con una
mezcla de temor y desprecio. Ello terminó por hacer de su existencia algo
insufrible. Pero hoy sería diferente; este sueño iba a cambiarlo todo. Se preparó desde temprano ¡Al fin sucedería
algo bueno y no iba a perdérselo! Decidió tomarse el día libre, planchó el
mejor de sus dos trajes y se colgó una vieja corbata que no combinaba. Con sus
ahorros en los bolsillos abandonó su habitación y bajó a la Plaza Grande.
Vagaba por sus lugares predilectos cuando la tarde comenzó a despedirse con una
fina garúa. Se detuvo por algo ligero en el Café Imperio que ya comenzaba a
entrar en ambiente. Al salir, un viento cruzado le obligó a levantar el cuello
de la chaqueta antes de emprender la caminata hacia el barrio La Libertad. Llegó bien entrada la noche. La lluvia
arreciaba y se refugió en una tienda de trasnochadores, de esas con piso
entablado y olor a aguardiente. Le empezaba a crecer la ansiedad cuando el
cielo terminó de vaciarse y aparecieron unas pocas estrellas ateridas. Los
últimos noctámbulos se escurrían, cual rezagos de lluvia, entre lentos y
apresurados. ¡Era la hora! Se aventuró, con las manos en los bolsillos, por
empinadas callejuelas flanqueadas por finos riachuelos. Se detuvo en la esquina
señalada. Con tensa calma, cerró los ojos como queriendo cerrar todo lo que aún
permanecía abierto en su vida… Les
escuchó llegar… Esperó. Abajo, la noche quiteña se lucía con campanarios iluminados.
Gonzalo Sandoval Carrión
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