domingo, 8 de mayo de 2016

Un día feliz



“La muerte es sólo la suerte
con una letra cambiada”
Joaquín Sabina
Embustera


Alcanzó a esbozar la última sonrisa.  Una tibia viscosidad se escurría bajo la mejilla, mezclando su olor a almizcle con el de la tierra mojada.  Dejó de sentir frío. Era el final de un día feliz!

Siempre ignorado, tuvo sin embargo su momento de fama. Fue tras superar las fiebres que casi lo matan ¡Puede vaticinar el futuro! ¡Nunca falla, dice que lo sueña en la noche!  Pero eran pesadillas; sólo predecía desgracias y nunca volvió a tener sueños agradables; bueno, nunca hasta anoche. Tras la anunciada muerte de sus compañeros en aquel accidente, lo aislaron con una mezcla de temor y desprecio. Ello terminó por hacer de su existencia algo insufrible. Pero hoy sería diferente; este sueño iba a cambiarlo todo.  Se preparó desde temprano ¡Al fin sucedería algo bueno y no iba a perdérselo! Decidió tomarse el día libre, planchó el mejor de sus dos trajes y se colgó una vieja corbata que no combinaba. Con sus ahorros en los bolsillos abandonó su habitación y bajó a la Plaza Grande. Vagaba por sus lugares predilectos cuando la tarde comenzó a despedirse con una fina garúa. Se detuvo por algo ligero en el Café Imperio que ya comenzaba a entrar en ambiente. Al salir, un viento cruzado le obligó a levantar el cuello de la chaqueta antes de emprender la caminata hacia el barrio La Libertad.  Llegó bien entrada la noche. La lluvia arreciaba y se refugió en una tienda de trasnochadores, de esas con piso entablado y olor a aguardiente. Le empezaba a crecer la ansiedad cuando el cielo terminó de vaciarse y aparecieron unas pocas estrellas ateridas. Los últimos noctámbulos se escurrían, cual rezagos de lluvia, entre lentos y apresurados. ¡Era la hora! Se aventuró, con las manos en los bolsillos, por empinadas callejuelas flanqueadas por finos riachuelos. Se detuvo en la esquina señalada. Con tensa calma, cerró los ojos como queriendo cerrar todo lo que aún permanecía abierto en su vida…  Les escuchó llegar… Esperó. Abajo, la noche quiteña se lucía con campanarios iluminados.
Gonzalo Sandoval Carrión


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