sábado, 27 de mayo de 2017

Me quedaré


Al terminar la fiesta se veía dubitativa.

- No sé cómo irme, así que me quedaré

Su amiga estuvo de acuerdo. Ya es tarde, duermes aquí y mañana, con mis padres, te vamos a dejar. Pero los amigos fueron más persuasivos. Te llevamos a casa ahora, así tus padres dormirán tranquilos. Y se la llevaron pero a casa de uno de ellos donde, tras la violencia, su cuerpo sin vida yacía en medio de la habitación, en medio del arrepentimiento, en medio del silencio culpable. Cuando las luces se apagaron, puertas y ventanas se cerraron con estrépito. Poco después sus palabras volvieron a sonar, claras, pausadas y extrañamente profundas:

-       No sé cómo irme…


-       … así que me quedaré

Gonzalo Sandoval Carrión

lunes, 22 de mayo de 2017

Dragones


Hoy también ha venido. Sólo percibo su presencia pues no debo quitar la vista del dragón ensartado en la punta de mi lanza. Permanecerá allí largas horas y luego del anuncio se irá ¿a dónde? Llevo siglos aquí y puedo imaginar que su mundo es muy diferente a mi antigua y lejana Capadocia. Mas algo especial ocurre hoy: me llegan sus pensamientos como un barullo y, por primera vez, puedo voltear ligeramente la cabeza; le veo sentado en una banca grande, contemplándome con una mezcla de abatimiento y esperanza. Por un momento nuestras miradas se encuentran...

El anuncio se deja escuchar una vez más "¡El museo está cerrado!" Me levanto de la banca grande y salgo decidido ¡allá afuera hay nuevos dragones que debo matar!

Gonzalo Sandoval Carrión

domingo, 8 de mayo de 2016

El guiño



Para Cristina e Iván

Por aquello de ”la suerte del feo” más de una vez la bonita del baile me hizo un guiño y cada vez que yo, como correspondía,  me aprestaba a solicitarle una pieza (de baile) su enamorado oficial me apartaba más o menos bruscamente al tiempo que me soltaba:

Un cirujano zurdo es doblemente inútil…


He olvidado ya el resto de aquella muletilla con la que mi buen amigo Iván Cevallos me hacía bullying (en ese tiempo no sabíamos que eso era lo que me hacía) siempre que le parecía que yo me interesaba demasiado en su novia, la Cirugía. Iván, “ratón de hospital” desde primer año, mantenía para la época de este relato una relación que hoy llamaríamos de “amigos con beneficios” con dicha especialidad  Por mi parte, más bien me sentía atraído por la señorita Clínica, una chica menos popular y con aires de intelectual.


Tironcito al corazón



Era aquel tironcito familiar; me gustaba porque siempre anunciaba que yo iba a recibir cariño. Bajé la mirada y me topé con los ojos vivaces de una pequeña de no más de seis años, que aún asía con su manita el faldón de mi mandil.  Lo que seguía a los tironcitos era conocido, yo levantaba a los niños en mis brazos y disfrutaba del abrazo, del ahorcamiento al jalonearme el fonendoscopio del cuello o, cuando eran muy pequeños, del “robo” sorpresivo de mis lentes que luego se convertían en proyectiles que iban a parar a cualquier parte. Cómo no disfrutarlo!

Pero esta vez no. Aquella niña pasó a ignorarme tan pronto como se cruzaron nuestras miradas y  descubrió que se había equivocado de mandil.  En seguida tironeó el de María Dolores, la jefe de hematología que se encontraba a mi lado, al tiempo que le espetaba, con inesperado aplomo :

-       Doctora, ya se me acabaron los pañales, necesito más!

Y siguió un diálogo increíble! María Dolores siempre habla en voz alta y la nena no lo hacía menos. Parecía una negociación  muy seria entre dos adultos, pero llevada con camaradería. Se argumentaba sobre el consumo de pañales, el tiempo transcurrido, los requerimientos y las disponibilidades. Al final, mi colega “se dejó ganar” y la nena se alejó muy oronda por el pasillo, llevando en sus brazos una carga de pañales que parecía ¿o era en realidad? más grande que ella.

Era evidente que María Dolores lo había disfrutado,  pero ahora lo que más le divertía era mi expresión de desconcierto. Entonces me contó que la niña no estaba hospitalizada sino que  atendía a su hermanito de pocos meses, internado en uno de los cubículos, y esto sólo era parte de lo que parecía un cuento de realismo mágico…  pero era la realidad: su padre pasaba la mayor parte del tiempo atendiendo al mayor de los hermanos, quien se encontraba más grave en otro de los servicios del hospital, en tanto que su madre permanecía hospitalizada en otra casa de salud.

Hay mucho para expresar sobre esta historia, pero yo sólo sé que los niños, con su inocencia y una valentía que no necesita argumentación, son capaces de sacar de lo más terrible gestos verdaderamente hermosos, que tocan tu corazón por un instante y después se quedan contigo toda la vida, para curarte el alma cada vez que lo necesitas.

Gonzalo Sandoval Carrión