Para
Paulina, donde estés
-¿Conoces
el centro de Quito?
Eran
los años de Alfaro Vive y la guerra sucia. Ella tenía 19 y era izquierdosa. Su
pregunta no dejó de sorprenderme.
-¿Qué
si conozco…? Claro que lo conozco ¡de toda la vida!
Me
miró largamente; al parecer algo se me había escapado. Tras la pausa, continuó:
-La
próxima vez que vayas al centro de Quito ¡sólo abre los ojos!
Su
alegre risa inundó el bar cuando, por ponerme a tono con lo que parecía iba a
ser la típica conversación con temática social de aquella época, me retiré la
corbata con aspaviento… Mas no volvió a tocar el tema y mi actuación de
adolescente tardío lució verdaderamente patética.
Volví
varias veces al centro histórico y en cada ocasión abrí los ojos lo mejor que
pude. Y ahí estaban las callecitas empinadas, los adoquines lustrosos, las
plazas, las iglesias, lo de siempre. Pero en algún momento comenzó a ocurrir…
Descolgándose de los campanarios, saliendo de los pasajes o asaltándome desde
la boca de un zaguán o al doblar una esquina, fueron apareciendo aquellas
sensaciones difíciles de describir; eran
sonidos, olores, texturas que me generaban
emociones especiales. Y este nuevo imaginario de mi ciudad servía de marco para
lo más importante ¡su gente! Orgullosa,
la Luz de América fincaba su identidad en los seres humanos que caminaban sus
calles y habitaban sus lugares. Personas increíbles y diversas, con penas y
alegrías, sueños y frustraciones, gran generosidad y pocas contradicciones, que
mostraban una actitud digna y esperanzada frente a la vida. Ellos me brindaron
inesperadas enseñanzas y me mostraron la urbe a través de su mirada al tiempo
que, con su honesta sensibilidad,
revelaban partes desconocidas de mí.
Esas vivencias, interiorizadas,
me permitieron ver mi ciudad con otros ojos…
¡con unos ojos bien abiertos!
Se
llamaba Paulina, era linda y alegre. Me inició en el camino de buscar la
verdadera esencia de las cosas… Después,
la clandestinidad me la arrebató. Ahora, cuando han pasado muchos años, sigo en
la maravillosa tarea que me regaló antes de desaparecer.
Gonzalo
Sandoval Carrión