Era aquel tironcito familiar; me gustaba porque
siempre anunciaba que yo iba a recibir cariño. Bajé la mirada y me topé con los
ojos vivaces de una pequeña de no más de seis años, que aún asía con su manita
el faldón de mi mandil. Lo que seguía a
los tironcitos era conocido, yo levantaba a los niños en mis brazos y
disfrutaba del abrazo, del ahorcamiento al jalonearme el fonendoscopio del
cuello o, cuando eran muy pequeños, del “robo” sorpresivo de mis lentes que
luego se convertían en proyectiles que iban a parar a cualquier parte. Cómo no
disfrutarlo!
Pero esta vez no. Aquella niña pasó a ignorarme tan
pronto como se cruzaron nuestras miradas y
descubrió que se había equivocado de mandil. En seguida tironeó el de María Dolores, la
jefe de hematología que se encontraba a mi lado, al tiempo que le espetaba, con
inesperado aplomo :
- Doctora,
ya se me acabaron los pañales, necesito más!
Y siguió un diálogo increíble! María Dolores
siempre habla en voz alta y la nena no lo hacía menos. Parecía una
negociación muy seria entre dos adultos,
pero llevada con camaradería. Se argumentaba sobre el consumo de pañales, el
tiempo transcurrido, los requerimientos y las disponibilidades. Al final, mi
colega “se dejó ganar” y la nena se alejó muy oronda por el pasillo, llevando
en sus brazos una carga de pañales que parecía ¿o era en realidad? más grande
que ella.
Era evidente que María Dolores lo había
disfrutado, pero ahora lo que más le
divertía era mi expresión de desconcierto. Entonces me contó que la niña no
estaba hospitalizada sino que atendía a
su hermanito de pocos meses, internado en uno de los cubículos, y esto sólo era
parte de lo que parecía un cuento de realismo mágico… pero era la realidad: su padre pasaba la
mayor parte del tiempo atendiendo al mayor de los hermanos, quien se encontraba
más grave en otro de los servicios del hospital, en tanto que su madre
permanecía hospitalizada en otra casa de salud.
Hay mucho para expresar sobre esta historia, pero
yo sólo sé que los niños, con su inocencia y una valentía que no necesita
argumentación, son capaces de sacar de lo más terrible gestos verdaderamente
hermosos, que tocan tu corazón por un instante y después se quedan contigo toda
la vida, para curarte el alma cada vez que lo necesitas.
Gonzalo Sandoval Carrión
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