domingo, 8 de mayo de 2016

El descubrimiento de Quito



Para Paulina, donde estés

-¿Conoces el centro de Quito?

Eran los años de Alfaro Vive y la guerra sucia. Ella tenía 19 y era izquierdosa. Su pregunta no dejó de sorprenderme.

-¿Qué si conozco…? Claro que lo conozco ¡de toda la vida!

Me miró largamente; al parecer algo se me había escapado. Tras la pausa, continuó:

-La próxima vez que vayas al centro de Quito ¡sólo abre los ojos!

Su alegre risa inundó el bar cuando, por ponerme a tono con lo que parecía iba a ser la típica conversación con temática social de aquella época, me retiré la corbata con aspaviento… Mas no volvió a tocar el tema y mi actuación de adolescente tardío lució verdaderamente patética.

Volví varias veces al centro histórico y en cada ocasión abrí los ojos lo mejor que pude. Y ahí estaban las callecitas empinadas, los adoquines lustrosos, las plazas, las iglesias, lo de siempre. Pero en algún momento comenzó a ocurrir… Descolgándose de los campanarios, saliendo de los pasajes o asaltándome desde la boca de un zaguán o al doblar una esquina, fueron apareciendo aquellas sensaciones  difíciles de describir; eran sonidos, olores, texturas que  me generaban emociones especiales. Y este nuevo imaginario de mi ciudad servía de marco para lo más importante ¡su gente!  Orgullosa, la Luz de América fincaba su identidad en los seres humanos que caminaban sus calles y habitaban sus lugares. Personas increíbles y diversas, con penas y alegrías, sueños y frustraciones, gran generosidad y pocas contradicciones, que mostraban una actitud digna y esperanzada frente a la vida. Ellos me brindaron inesperadas enseñanzas y me mostraron la urbe a través de su mirada al tiempo que, con su honesta sensibilidad,  revelaban partes desconocidas de mí.  Esas  vivencias, interiorizadas, me permitieron ver mi ciudad con otros ojos…  ¡con unos ojos bien abiertos!

Se llamaba Paulina, era linda y alegre. Me inició en el camino de buscar la verdadera esencia de las cosas…   Después, la clandestinidad me la arrebató. Ahora, cuando han pasado muchos años, sigo en la maravillosa tarea que me regaló antes de desaparecer.

Gonzalo Sandoval Carrión


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