domingo, 8 de mayo de 2016

El guiño



Para Cristina e Iván

Por aquello de ”la suerte del feo” más de una vez la bonita del baile me hizo un guiño y cada vez que yo, como correspondía,  me aprestaba a solicitarle una pieza (de baile) su enamorado oficial me apartaba más o menos bruscamente al tiempo que me soltaba:

Un cirujano zurdo es doblemente inútil…


He olvidado ya el resto de aquella muletilla con la que mi buen amigo Iván Cevallos me hacía bullying (en ese tiempo no sabíamos que eso era lo que me hacía) siempre que le parecía que yo me interesaba demasiado en su novia, la Cirugía. Iván, “ratón de hospital” desde primer año, mantenía para la época de este relato una relación que hoy llamaríamos de “amigos con beneficios” con dicha especialidad  Por mi parte, más bien me sentía atraído por la señorita Clínica, una chica menos popular y con aires de intelectual.


Tironcito al corazón



Era aquel tironcito familiar; me gustaba porque siempre anunciaba que yo iba a recibir cariño. Bajé la mirada y me topé con los ojos vivaces de una pequeña de no más de seis años, que aún asía con su manita el faldón de mi mandil.  Lo que seguía a los tironcitos era conocido, yo levantaba a los niños en mis brazos y disfrutaba del abrazo, del ahorcamiento al jalonearme el fonendoscopio del cuello o, cuando eran muy pequeños, del “robo” sorpresivo de mis lentes que luego se convertían en proyectiles que iban a parar a cualquier parte. Cómo no disfrutarlo!

Pero esta vez no. Aquella niña pasó a ignorarme tan pronto como se cruzaron nuestras miradas y  descubrió que se había equivocado de mandil.  En seguida tironeó el de María Dolores, la jefe de hematología que se encontraba a mi lado, al tiempo que le espetaba, con inesperado aplomo :

-       Doctora, ya se me acabaron los pañales, necesito más!

Y siguió un diálogo increíble! María Dolores siempre habla en voz alta y la nena no lo hacía menos. Parecía una negociación  muy seria entre dos adultos, pero llevada con camaradería. Se argumentaba sobre el consumo de pañales, el tiempo transcurrido, los requerimientos y las disponibilidades. Al final, mi colega “se dejó ganar” y la nena se alejó muy oronda por el pasillo, llevando en sus brazos una carga de pañales que parecía ¿o era en realidad? más grande que ella.

Era evidente que María Dolores lo había disfrutado,  pero ahora lo que más le divertía era mi expresión de desconcierto. Entonces me contó que la niña no estaba hospitalizada sino que  atendía a su hermanito de pocos meses, internado en uno de los cubículos, y esto sólo era parte de lo que parecía un cuento de realismo mágico…  pero era la realidad: su padre pasaba la mayor parte del tiempo atendiendo al mayor de los hermanos, quien se encontraba más grave en otro de los servicios del hospital, en tanto que su madre permanecía hospitalizada en otra casa de salud.

Hay mucho para expresar sobre esta historia, pero yo sólo sé que los niños, con su inocencia y una valentía que no necesita argumentación, son capaces de sacar de lo más terrible gestos verdaderamente hermosos, que tocan tu corazón por un instante y después se quedan contigo toda la vida, para curarte el alma cada vez que lo necesitas.

Gonzalo Sandoval Carrión


El descubrimiento de Quito



Para Paulina, donde estés

-¿Conoces el centro de Quito?

Eran los años de Alfaro Vive y la guerra sucia. Ella tenía 19 y era izquierdosa. Su pregunta no dejó de sorprenderme.

-¿Qué si conozco…? Claro que lo conozco ¡de toda la vida!

Me miró largamente; al parecer algo se me había escapado. Tras la pausa, continuó:

-La próxima vez que vayas al centro de Quito ¡sólo abre los ojos!

Su alegre risa inundó el bar cuando, por ponerme a tono con lo que parecía iba a ser la típica conversación con temática social de aquella época, me retiré la corbata con aspaviento… Mas no volvió a tocar el tema y mi actuación de adolescente tardío lució verdaderamente patética.

Volví varias veces al centro histórico y en cada ocasión abrí los ojos lo mejor que pude. Y ahí estaban las callecitas empinadas, los adoquines lustrosos, las plazas, las iglesias, lo de siempre. Pero en algún momento comenzó a ocurrir… Descolgándose de los campanarios, saliendo de los pasajes o asaltándome desde la boca de un zaguán o al doblar una esquina, fueron apareciendo aquellas sensaciones  difíciles de describir; eran sonidos, olores, texturas que  me generaban emociones especiales. Y este nuevo imaginario de mi ciudad servía de marco para lo más importante ¡su gente!  Orgullosa, la Luz de América fincaba su identidad en los seres humanos que caminaban sus calles y habitaban sus lugares. Personas increíbles y diversas, con penas y alegrías, sueños y frustraciones, gran generosidad y pocas contradicciones, que mostraban una actitud digna y esperanzada frente a la vida. Ellos me brindaron inesperadas enseñanzas y me mostraron la urbe a través de su mirada al tiempo que, con su honesta sensibilidad,  revelaban partes desconocidas de mí.  Esas  vivencias, interiorizadas, me permitieron ver mi ciudad con otros ojos…  ¡con unos ojos bien abiertos!

Se llamaba Paulina, era linda y alegre. Me inició en el camino de buscar la verdadera esencia de las cosas…   Después, la clandestinidad me la arrebató. Ahora, cuando han pasado muchos años, sigo en la maravillosa tarea que me regaló antes de desaparecer.

Gonzalo Sandoval Carrión