Lo había visto muchas veces…
El cuerpo menudo, encogido, se
calentaba al sol en el patio del hospital, arropado con esmero sobre la silla
de ruedas. Casi inmóvil, su mirada perdida en la distancia lucía inexpresiva y
apática. Sumido en cavilaciones, esas de gente mayor, anunciaba que sus risas
de la víspera nunca más alegrarían el piso de hospitalización… Ya había
cambiado, en esa forma que él había visto cambiar a otros infantes. Lucía
inapropiadamente preocupado, serio, pensativo…
los niños no son así.
Ya lo había visto antes… y sabía lo que seguía. Los pequeños no tienen una vida larga que en
el final pudiera, como dicen, desfilar ante sus ojos. Más bien la viven toda en
unos pocos días, sus últimos días… y eso les cambia. Se vuelven sabios, maduros,
comprenden perfectamente y, cuando pueden, confortan a sus padres, los animan a
sobreponerse y seguir adelante.
Sí, lo había visto demasiadas
veces… los niños envejecen cuando van a morir.
Lo había visto muchas veces mientras él
mismo continuaba envejeciendo.
Y con tantas, tantas veces, él, en su
mandil blanco, también iba muriendo de a poco.
Gonzalo
Sandoval Carrión
Éste, mi primer relato es para aquellos pequeños que tocaron mi corazón con su grandeza. Está dedicado a mi familia de Clínica de Especialidades HBO (2007-2014) por todo lo que son y por lo que me dieron
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